martes, 19 de julio de 2011

CASA

Casa


Hay lugares exquisitos, artificialmente elegantes y dispuestos con todo cuidado para la representación más sofisticada. Otros, en cambio, se acomodan a la actividad humana que los ocupa, amontonando enseres y envejeciendo acompasadamente, como este piso donde vivimos durante unos años.
En realidad, padecía de mal de tiempo desde el primer día y poco se podía hacer por ocultarlo. Ninguna línea recta en las paredes ni en los suelos, ningún perfil metálico dando brillo o modernidad al escenario. Maderas astilladas cerraban los balcones dejando pasar el frío en invierno y el ruido en toda época. Los alicatados acumulaban humedades en su interior y su relieve semejaba un mapa topográfico. Las baldosas del suelo componían alegres sinfonías y todo temblaba al ritmo del tránsito de los autobuses y de las perforaciones que, una vez tras otra, convertían la calle en mina de arcilla y barro.
Así que lo normal era despreocuparse por ciertas cosas, y dejar que fuera un hábitat humano, casi la única solución. Lo que se ve es lo que se hacía. Sin ocultar nada que no fuéramos nosotros. Nuestra música, nuestros libros, nuestras mesas de trabajo o de dibujo y la televisión..., como siempre, mostrando quienes somos.
Allí vivimos. Y aunque el dibujo es tan inexacto como la memoria, me recuerda algo más que el espacio: la humanidad que contenía y de la que, finalmente, huimos en busca de un hogar menos difícil.